sábado, 27 de octubre de 2012

Una mirada a la Alemania nazi desde el ojo de un Ruso.



       





No es la Sonata Claro de Luna, esta vez es una Sonata para Hitler, no con música de Beethoven si no de Penderecki y Bach.

Es un corto de 10 minutos de duración, dirigido por el Ruso Aleksandr Sokurov (1989) creado y censurado en la Unión Soviética.

La realidad psicológica que muestra este corto va más allá de cualquiera que haya visto, la manera en la que el director recalca el uso de las manos una y otra vez, ya sea de excitación en los discursos del Füher, de vergüenza en algunas manos levantadas como señal de posible indignación de aceptar una doctrina de las cuales no todos eran favorecido. El especial énfasis en el movimiento de las manos juntas  indicando nerviosismo y desesperación que se presentan de igual manera en un hombre Judío (sub-humano, de raza inferior, según la ideología de Himmler y el partido Nazi), en un soldado o en el propio Hitler cuando veía que la estampida Bolchevique iba a acabar con su sueño de una Europa “limpia y pura”.

Sokurov nos presenta un sin fin de emociones en las caras de estos hombres abatidos por el cansancio, de esas mujeres exaltadas por un discurso y una manera de expresarse que debilita a cualquiera, esos ojos perdidos de niños que no entienden que están en el vórtice de un punto de la historia que sera fascinante y recordada por décadas y décadas.

Sin necesidad de palabras, solo con la presentación consecutivas de imágenes en blanco y negra bañadas en la música de Bach, un hincapié en lo profundamente psicológico por lo cual pasaba cada ser humano en esta era llena de falso honor y nacionalismo desmedido, unos riendo en los jardines de Alemania, otros llenos de un falso orgullo en las lineas de las tropas militares, otras resignados y hasta inhumanizados detrás de las paredes mohosas de los campos de trabajo y exterminio, luchando contra la disentería y la Tifus en los guetos de Polonia, otros luchando internamente contra un ideal humano y un ideal impuesto, pero todos, absolutamente todos sintiendo (¡SINTIENDO!) ese olor rancio que trajo consigo la maquina de Hitler.

Para sentir la puesta psicológica y melancólica, no solo con una sonata dedicada a Hitler, si no a este momento de la historia, aguanta tu segregación social,  tu egoísmo existencial y tu odio potencial. Identifìcate con el dolor que te muestra Sokurov y no con otra cosa.

     
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